Viajes y escapadas desde mi punto de vista

Un día de puertas abiertas por la Hoya de Huesca: Quicena, Barluenga, Castilbás y Loporzano

Castillo de Montearagón, Ermita de San Miguel de Barluenga, Molino y Ermita del Viñedo y Torre Medieval de Santa Eulalia la Mayor.

Torre Medieval de Santa Eulalia la Mayor y Sierra de Guara

Desde hace ya unos años, entre los meses de junio y septiembre, la Comarca de la Hoya de Huesca pone en marcha el programa “Puertas Abiertas”, una oportunidad para visitar museos, monumentos y espacios no siempre accesibles al gran público y, además, hacerlo de la mano de guías locales que saben trasmitir de una forma especial su conocimiento y cariño por cada uno de ellos. En el enlace puedes ver los que se incluyen este 2020, con los horarios según el mes y el precio (aunque la mayoría son gratuitos). Si te organizas bien, en un día puedes ver varios y además hacerlo con calma y disfrutando, como nos gusta a nosotros. Si vas a hacer este recorrido otro año, debes consultar los horarios ya que pueden cambiar de una campaña a otra.

En cada punto de la “Red de Puertas Abiertas” te dan una tarjeta informativa del monumento y una carpeta para guardarlas, los detalles son importantes y este es uno que nos encanta.

Tarjetas informativas de la iniciativa Puertas abiertas en la Hoya de Huesca

Quicena, Castillo de Montearagón

Castillo de Montearagón

A 20 minutos de Huesca, en el término municipal de Quicena, erguido en lo alto de un cerro se muestra altivo y desafiante el Castillo de Montearagón. La fortaleza fue fundada en el siglo XI por el rey Sancho Ramírez como lugar desde el que iniciar la toma de la Huesca musulmana. Montearagón, al igual que Loarre, es un lugar estratégico por su dominio sobre la planicie de la Hoya de Huesca.

Entre sus piedras se respira historia y se puede imaginar esos tiempos difíciles de asedios y guerras que enfrentaron a cristianos venidos del Pirineo con musulmanes asentados en el resto de Aragón. Tras la reconquista, perdió su función militar y se convirtió en una abadía poblada con monjes, constituyendo un abadiado con gran poder e importancia hasta el siglo XIX. Los privilegios concedidos a sus abades extendieron sus dominios por numerosos lugares e iglesias, siendo habitual que varios hijos de los reyes aragoneses fuesen abades de Montearagón

También fue panteón real donde reposaron los restos de Sancho Ramírez , que fueron luego trasladados a San Juan de la Peña, o Alfonso I el Batallador, hoy en la Iglesia de San Pedro el Viejo de Huesca.

Se abandonó tras la desamortización de Mendizábal y sufrió un incendio en 1845, quedando expuesto desde entonces a la ruina y el deterioro. Hasta 1975 no se iniciaron las primeras campañas de rehabilitación.

Iglesia de Jesús Nazareno y Torre del Homenaje
Interior del recinto del Castillo de Montearagón

Gracias a las explicaciones del guía mi cabeza fue reconstruyendo las distintas partes del castillo y del posterior monasterio. Mi imaginación añadió algún guerrero cristiano, visualizó el entierro de Sancho Ramírez tras morir a consecuencia de un saetazo enemigo en el sitio de Huesca, fantaseó con un grupo de monjes de San Agustín caminando en silencio hacia la Iglesia de Jesús Nazareno y casi visualizó a Gil Morlanes “el viejo” supervisando el montaje de su recién acabado retablo de alabastro.

El 16 de julio del año 1506, siendo abad del monasterio el infante don Alonso de Aragón, se contrató al escultor aragonés Gil de Morlanes “el Viejo” para realizar un retablo de alabastro. Se trata de un retablo de arquitectura gótica, inspirada en el retablo mayor de La Seo, aunque la escultura, en origen policromada, ya corresponde al estilo renacentista. Hoy se puede ver en el Museo Diocesano de Huesca.

Una vez hemos conocido el Castillo, entenderemos mejor la zona que vamos a recorrer a continuación: el Abadiado de Montearagón, un vasto territorio que en época medieval perteneció al poderoso Castillo-Abadía. Son poblaciones que comparten un pasado común y donde la religiosidad y la superstición lo han dominado todo desde tiempos remotos.

Tenemos ahora tiempo para comer, ya que el resto de puntos de nuestro recorrido de hoy tienen horario de tarde. En apenas 20 minutos se llega a Barluenga, donde nos espera la Ermita de San Miguel, una auténtica joya de nuestro patrimonio.

Barluenga, Ermita de San Miguel

Ermita de San Miguel de Barluenga

La estampa de esta Ermita ya es curiosa, situada en el recinto del pequeño cementerio del pueblo desde el que, por cierto, se ve el Castillo de Montearagón, donde acabamos de estar. Con un exterior sencillo de estilo románico tardío, la sorpresa viene cuando entramos y contemplamos las pinturas de estilo gótico lineal que, por cierto, están muy bien conservadas y fueron restauradas en 2003.

Las pinturas ocupan la cabecera del templo y el arco triunfal. Su temática es variada, aunque “el protagonista” es San Miguel, quien tradicionalmente tiene una tremenda misión: cuando se produzca el Juicio Final pesará en una balanza las almas y determinará la condenación o salvación eterna. En este proceso nos falta “el villano”, el diablo, que a veces nos fascina más que el propio protagonista y quien utiliza artimañas para inclinar la balanza a su favor y llevarse el alma al infierno.

Lucía, la guía, va explicando con desparpajo las distintas escenas y de su mano descubrimos personajes, historias y detalles muy interesantes: hombres y mujeres de todas las clases sociales saliendo de sus tumbas para asistir al Juicio Final, San Miguel venciendo al demonio en forma de monstruo de 7 cabezas, el Rey de Samos interrogando a San Cristobal con el demonio, como no, instigando sus acusaciones y otros demonios cebándose con los pobres pecadores a los que someten a todo tipo de tormentos.

La escena mejor conservada se encuentra en el muro sur y, como se cuenta en la web romanicoaragones.com , relata la aparición de San Miguel en el monte Gargano

Claramente esta representación se corresponde con el hecho narrado en la “Leyenda Dorada” que cuenta cómo Gargano, un pastor de Siponto (La Pluglia, Italia), envió a unos arqueros en busca de un toro de su rebaño que se había perdido. Cuando un arquero lo vio oculto en una cueva del Monte Gargano, disparó una flecha contra él, que le fue devuelta y se le clavó en la frente por orden del arcángel San Miguel, que había decidido morar en ese monte.

La aparición de San Miguel en el monte Gargano

La techumbre del templo, de madera, a dos aguas, también conserva una bella decoración policromada con motivos geométricos y vegetales.

Castilsabás, Molino y Ermita del Viñedo y horno de pan

A tan sólo 5 kilómetros, nos espera nuestro siguiente destino, Castilsabás, aunque de momento no debemos entrar a la población, sino tomar el desvío que indica el camino hacia la Ermita del Viñedo, donde encontraremos a Vanesa, la guía.

Ermita del Viñedo, Castilsabás

Entre olivos milenarios se levanta este conjunto etnográfico y artístico de gran valor. Consta de un templo barroco, con la casa del santero y edificios anejos. El santuario es un tradicional centro de peregrinación popular para los pueblos de la zona.

Detrás de la Ermita y, tras dar un corto y agradable paseo entre carrascas, llegamos al molino rehabilitado donde nos explican la elaboración tradicional del aceite. Se conserva una enorme prensa accionada con una descomunal viga que tiene unas inscripciones centenarias. Ademas de ello, toda una serie de elementos y útiles: los algorines para almacenar las olivas, el ruello para machacarlas, las pilas de piedra en las que caía el aceite, las esteras para el prensado… Gracias a las estupendas explicaciones entendemos lo costoso que debió ser en el pasado obtener el aceite.

Molino de aceite de la Ermita del Viñedo, Castilsabás
Inscripción en la viga del Molino de aceite de Castilsabás

Al terminar la visita nos trasladamos al centro de Castilsabás donde vemos el horno de pan comunal, situado en la planta baja de lo que eran las escuelas, así los niños estaban calentitos en invierno. Estuvo en uso hasta los años 50 en que se convirtió en cuadra y almacén de trastos viejos. Se recuperó en 2015.

Los hombres encendían el fuego y las mujeres del pueblo acudían a amasar por parejas. La mejor amasadora era la “seña” Marieta de casa Lozano porque, aunque era menuda, tenía mucha fuerza. Era el periodo de la Guerra Civil y el Comité era quien organizaba la actividad. Compraba la harina, la sal y, si era necesario, la leña. El horno no tenía luz eléctrica, se usaban candiles de aceite. El Comité dio un candil para el horno y otro para cada una de las casas del pueblo.

Horno de pan comunal de Castilsabás

Santa Eulalia la Mayor, torre medieval

Torre medieval de Santa Eulalia la Mayor

Partimos rumbo al último de los lugares que vamos a ver hoy y en tan sólo 10 minutos llegamos a Santolaria, como se conoce la localidad, donde nos espera de nuevo Lucía, que también es guía de este punto.

En lo más alto vemos ya la torre románica de piedra, que fue concebida para fines defensivos, como torre de vigilancia o señales. Por su tipología podría fecharse en la segunda mitad del siglo XI, tras la reconquista. Tras haber alcanzado un notable estado de deterioro, fue restaurada por completo hace unos años.

Ermita de Nuestra Señora de Sescún

Empezamos nuestro paseo desde la parte más alta del pueblo por un camino que pasa junto a la Ermita de Nuestra Señora de Sescún, del siglo XII que, según nos cuenta Lucía, no se puede visitar. Al llegar junto a la torre, podemos subir hasta la parte más alta.

El auténtico espectáculo está en contemplar las vistas que tenemos a nuestro alrededor. Por un lado se domina toda la Hoya de Huesca, entendiendo el porqué de su emplazamiento, acechando desde las alturas las tierras donde vivían los moros. Por el otro, el desfiladero que conduce a Vadiello, al borde de las gargantas del río Guatizalema y en las puertas de la Sierra de Guara.

Subiendo a la torre medieval de Santa Eulalia la Mayor
Vistas de la Sierra de Guara desde lo alto de la Torre de Santa Eulalia

Hasta aquí nuestra ruta de hoy, pero nos vamos con ganas de volver pronto, con un montón de ideas y caminos pendientes. Queremos agradecer a los guías su atención, profesionalidad y sabiduría, se nota que aman lo que muestran y eso se contagia. Pasamos un día genial en tiempos difíciles, olvidando por unas horas los quebraderos de cabeza de la pandemia, algo cada vez más necesario, y conociendo un poco mejor y admirando cada vez más nuestro territorio.

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